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 Compite hasta morir

el dedo en el ojo del felix gª moriyónA nadie se le escapa que estamos en una profunda crisis que tiene más de sistémica que de coyuntural. A nadie se le escapa que, como ocurre en estos casos, los diferentes colectivos sociales intentan desde sus respectivas posiciones imponer un diagnóstico de la crisis y unas recetas para remediarla que están encaminadas a que su posición mejore o se mantenga en el escenario posterior a dicha crisis. Por ahora parece ser que el bloque hegemónico va ganando la batalla y está logrando que cuaje su interpretación de los hechos y también la hoja de ruta que impone una determinada senda para salir del atolladero.

¿Que el modelo anterior nos ha conducido a una especie de callejón del que no se ve la salida? No es grave: se resuelve con más de lo mismo. El capitalismo financiero fue sin duda el máximo responsable de lo ocurrido, pues nada como una sobredosis de capitalismo financiero, con las agencias de asesoramiento haciendo sus falsos informes y dando órdenes, al mismo tiempo que las bolsas y su legión de especuladores manejan los mismos resortes de poder que tenían para imponer su voluntad, y actúan como si ellas no hubieran tenido ninguna responsabilidad en el desastre. Y, salvo esporádicas denuncias de algunos políticos, como es el caso de Zapatero, todos, incluido Zapatero, parecen plegarse a la voluntad de los círculos que manejan la ingeniería financiera creativa.

Pues bien, leyendo esta mañana la prensa encuentro un ejemplo más de lo que acabo de decir. Parodiando el dicho popular atribuido a las familias autoritarias, “si no te gustan las lentejas, toma razón y media”, nuestros grandes prohombres y promujeres se despachan a gusto: si no te agradaba la competencia, lo mejor es que te tomes una ración doble. Eso es lo que nos proponen quienes mandan en Alemania y Francia, las dos potencias que quieren asegurarse un papel dominante dentro de la Unión Europea. Según nos dicen, hay que acentuar el control central de la economía en la Unión Europea para garantizar que salimos adelante. Y condición necesaria para esa salida es aumentar la competencia.

No cabe la menor duda de que están poniendo de manifiesto un grave problema derivado de la globalización ya total de la economía realmente existente. Todos sabemos que hay fábricas que se desmontan en un lugar para montarse en otro porque sus dueños saben que pueden producir lo mismo a menor coste y con eso mejorar su cuota de mercado e incrementar sus beneficios. Hay competidores eficientes que desde sus países de origen o acudiendo a los países europeos, nos están ganando la batalla económica y se están quedando con la parte del león. Por eso los tenemos a todos externalizando una parte o toda la producción. Y por eso también tenemos a los ciudadanos de a pie comprando los productos baratos fabricados en remotos países.

La mano invisible del mercado parece apuntalar esa carrera de todos contra todos en la que cada uno va buscando ampliar su espacio de creación de riqueza, si bien no todos los actores de un mismo espacio tienen los mismos intereses. Y todos parecen también aceptar como inevitable esa situación, reproduciendo una vez más uno de los mitos fundadores de un capitalismo depredador que inició su crecimiento a finales del siglo XVIII: no hay alternativa a un darwinismo social en el que se acepta que la vida es lucha de todos contra todos y el resultado final es la supervivencia de los más fuertes.

No importa que hasta el momento esa carrera competitiva haya dejado muchos heridos y muertos en el camino. Quienes mandan no parece que vean nada malo en que las condiciones laborales se hayan deteriorado en muchos casos y que se proponga deteriorarlas un poco más, exigiendo más horas de trabajo individual por semana, más semanas por año y más años por vida, además en duras condiciones. En el mejor de los casos, les parecen daños colaterales inevitables en las actuales condiciones y procuran poner medidas paliativas que aminoren la miseria generada.

Sea por desidia, por incompetencia o por inercia intelectual, el hecho es que la propuesta, si se aplica al estilo usual, va a provocar más de lo mismo. Por definición, al plantear la vida como competición y lucha de unos contra otros, de todos contra todos, se está planteando un modelo de sociedad en el que ineludiblemente habrá ganadores y perdedores. La esperanza de pertenecer al primer grupo no debe hacernos olvidar que tendrá que haber gente en el segundo grupo y que, como no puede ser menos, los perdedores intentarán por todos los medios invertir el reparto, con lo que el enfrentamiento y la lucha se convierten en mecanismo insuperable de la vida en sociedad, que pasa a ser pura y arriesgada coexistencia y nunca logra convertirse en enriquecedora convivencia.

Los defensores del modelo competitivo suelen aducir en su favor que ese modelo ha permitido una mejora espectacular de la eficiencia productiva y una elevación de las condiciones materiales de existencia como nunca antes la había habido en la historia. La falta de competencia conduce, insisten, a sociedades menos eficientes en las que la calidad material de la existencia se deteriora sin que con ello se reduzcan el reparto profundamente desigual de la riqueza existente. El colapso del socialismo soviético en Rusia y sus países satélites se convierte en ejemplos definitivos de la inutilidad radical de las propuestas socioeconómicas que orillan cualquier posible competencia.

Olvidan estos defensores de la libre competencia de los mercados que su análisis termina siendo profundamente sesgado puesto que el problema crucial es el lugar que la competencia debe ocupar en la vida social y económica de los seres humanos. Es claramente nefasto exaltarla hasta el punto de sacrificarlo todo para mejorarla; es claramente contraproducente vincular esa competencia a la búsqueda de beneficios individuales o tribales; es claramente nocivo darle prioridad sobre las imprescindibles estrategias de resolución de conflictos en las que se busca que no haya perdedores y en las que el punto de partida no es la lucha por el espacio vital propio, sino la lucha por el reconocimiento de todos en condiciones de igualdad y solidaridad.

La competitividad en sí misma, sin contextualizarla ni reducirla a un papel secundario, es el modelo que sigue vigente en la mente de nuestros anquilosados mandatarios, o de los codiciosos gestores de los bienes financieros. Normal es que estos últimos la defiendan, pues su ostentosa e impúdica riqueza se ha basado en su posición de privilegio en la lucha competitiva por la vida. Más grave es que la defiendan quienes debieran defender el bien común.

Por eso mismo su petición de mayor competencia no se traduce en lograr algo tan sencillo y tan fácil como puede ser trabajar mejor para trabajar menos y disfrutar más de la vida sin necesidad de incrementar lo que uno tiene. Su petición de competencia termina siendo un canto a un modelo social paradójico como el actual, en el que el incremento de la riqueza y de la productividad se termina convirtiendo en el potenciador del agotamiento del planeta y del incremento desmesurado de las desigualdades sociales.

Nos proponen algo que se parece más bien a una llamada a consumir hasta morir, en muchos casos una muerte en vida pues el incremento de esa riqueza material nos obliga a trabajar más en peores condiciones de existencia. Quizá viviremos más años, pero es posible que nuestra vida sea menos vida.



 
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