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[ el dedo en el ojo del felix gª moriyón ]

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 ¿Qué es un trabajo decente?

el dedo en el ojo del felix gª moriyónEn la postmodernidad licuada en la que vivimos, con los grandes relatos renqueando y los pequeños relatos —esos que engordan el bolsillo de unos pocos a costa de unos muchos— boyantes y rollizos, nos da por celebrar efemérides todos y cada uno de los días del calendario. Ya no está solo el día del trabajo, o el de los derechos humanos, o el de la mujer trabajadora; tenemos día del cáncer, día de la ciudad sin coches, día del orgullo gay, día del jefe o día de los enfermos de diabetes. Total, que urge una completa reelaboración del Calendario Zaragozano que haga realidad el sueño de Comte de conseguir todo un santoral laico y científico.

Pues bien, en la estela de esa tendencia a incrementar las celebraciones anuales, aparece ahora la propuesta de los grandes sindicatos, esos que se reúnen en la Conferencia Sindical Internacional, de celebrar la Jornada Mundial por el Trabajo Decente el día 7 de Octubre. Lo presentan como una acción global y coordinada que busca la aplicación de los derechos fundamentales del trabajo, el cumplimiento de los objetivos del milenio y al fin de las desregulaciones de las normas sociales.

No quiero en este artículo hablar del Calendario Zaragozano en versión laica postmoderna, ni tampoco quiero hacer sangre con estas geniales propuestas de los sindicatos burocráticos para defender los derechos de los trabajadores. Quizá en otro momento vuelva sobre el tema. Me voy a centrar más bien en la idea central de la Jornada, la idea de un trabajo decente. Para empezar, no debemos olvidar la gran aportación de Carlos Marx. Tras un cuidadoso análisis del trabajo asalariado, mostró con bastante contundencia que las relaciones de producción capitalista se apoyan en la extracción de plusvalía en el mismo proceso de trabajo, diferenciándose así de otros modelos de relaciones sociales de producción. Esto es, la persona que trabaja a cambio de un salario nunca, salvo escasas excepciones, recibirá el salario correspondiente a la riqueza que ha creado con su aportación. El dueño de los medios de producción atribuye mágicamente al capital y, por tanto, a sí mismo, una parte importante de la riqueza generada y se la queda sin contemplaciones. Ahora se han sumado a esta implacable rapiña los gestores de las grandes empresas que perciben unos salarios y unas pensiones absolutamente desmesuradas.

Si aceptamos esa explicación del proceso de trabajo, y yo la acepto, parece que por definición el trabajado asalariado es intrínsecamente indecente. Lleva consigo un robo avalado por la diferencia de poder entre las dos partes (empresarios y trabajadores) y legitimado por una legislación que favorece claramente a los primeros.

Aceptado este principio, y teniendo en cuenta que en la actual correlación de fuerzas no parece viable una demolición a corto plazo del modelo de relaciones sociales de producción realmente vigente, el mejor camino para alcanzar un trabajo decente se resume en una breve frase: «más salario y menos trabajo». Este es el único camino eficaz para conseguir disminuir el expolio llamado apropiación de la plusvalía hasta lograr algún día su total extinción, y su eficacia se basa en que los medios son coherentes con el objetivo final. Se trata, por tanto, de una medida que tarde o temprano debe desembocar en una genuina revolución.

De todos modos, con esto, si bien atacamos el núcleo de la indecencia laboral, todavía no hemos alcanzado todo lo que debe llevar consigo la consecución de un trabajo decente. Para lograrlo, debemos plantearnos llevar a la práctica otra consigna básica del movimiento socialista, aunque en este caso es del socialismo libertario de los anarquistas, pues los marxistas no llegaron tan lejos debido a su manía de dar prioridad a la infraestructura económica. Se reduce igualmente en una simple frase: «de cada uno según su capacidad, a cada uno según su necesidad».

Lo interesante de esta segunda formulación del trabajo decente es que ataca el núcleo de una sociedad que olvida la desigualdad y establece una estructura jerarquizada muy rígida en la que la movilidad social se apoya en una pretendidamente objetiva meritocracia. Aceptado ese modelo jerárquico, se da por bueno que unos, debido a que tienen más capacidades y las acreditan conforme a los baremos establecidos, merecen mucho mayores salarios puesto que sus necesidades resultan ser diferentes y al parecer exigen muchos más recursos monetarios. Si la existencia de una cierta desigualdad podría estar parcialmente justificada en condiciones ideales, no es ese el caso que nos ocupa. Un importante teórico del liberalismo socialdemócrata contemporáneo, John Rawls, postuló esas condiciones ideales exigiendo lo que el llamaba aplicar el velo de la ignorancia, esto es, admitir ciertas desigualdades siempre que de partida nadie supiera cual iba a ser su posición social. Lo que realmente ocurre es que curiosamente quienes deciden que unos se merecen mejores condiciones y deben ocupar las posiciones jerárquicas superiores son precisamente quienes las ocupan. Esto es, los consejeros de los bancos, por poner un ejemplo, son los que deciden que ellos mismos se merecen unas condiciones fastuosas laborales, muy desiguales. Lo mismo pasa con los parlamentarios, que se fijan su horario de trabajo y su salario, más sus privilegios a sí mismos. Y se atribuyen pensiones de jubilación muy notables, por cierto. Paradojas de la vida real: se autoconceden unas condiciones de trabajo tan «decentes», que se convierten en absolutamente indecentes. Hay un tercer elemento fundamental en la caracterización de lo que debe ser un trabajo decente y una vez más tenemos que remitirnos a la tradición libertaria, y a algunas tendencias del consejismo socialista, incluidos algunos marxistas. El trabajo asalariado no solo constituye un robo económico, sino que constituye una auténtica alienación del trabajador como ser humano. En ningún momento reconoce el producto del trabajo realizado como algo suyo, expresión de su personalidad; no se le deja ningún tipo de participación en la toma de decisiones respecto al qué y al cómo se produce, por lo que el trabajo deja de enriquecerle como persona.

Por eso, desde los orígenes del movimiento libertario, los anarquistas insistimos en que la única manera decente de organizar el trabajo es la autogestión, ya sea comunista o colectivista, diferencia que no es relevante en este momento. Cuando los trabajadores lleguen a participar realmente en el proceso de producción y sean miembros activos de los centros de trabajo podremos empezar a hablar de que están haciendo un trabajo decente, genuinamente decente. Esto lleva consigo introducir en la vida económica los principios básicos de la democracia radical y participativa.

Partiendo de estos tres elementos capitales, esto es, del fin de la extracción de la plusvalía, de un reparto de la riqueza social basado en la igualdad y el apoyo mutuo y de una organización autogestionaria del proceso de trabajo, podemos hablar de otros ingredientes muy importantes para gozar de un trabajo decente, que van desde las condiciones higiénicas hasta la no discriminación en el puesto de trabajo, pasando por todos esos aspectos de la vida laboral actual que degradan la calidad de vida de los trabajadores. Ahora bien, lo más posible es que la mejor manera de avanzar en estos últimos sea luchar por esos tres aspectos cruciales.



 
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